«El islam se extendió por la espada», «la Edad Media fue una época oscura», «las cruzadas fueron una gesta». Son frases que se repiten tanto que se dan por hechas. En este episodio de La Última Medina, grabado con público y en colaboración con el proyecto de divulgación Imperios de Arena, nos propusimos ponerlas a prueba una a una.
Nuestro invitado fue Ridwan, uno de los administradores de Imperios de Arena, graduado en Historia y con un máster en profesorado. Cuenta que el proyecto nació cuando, estudiando Historia en la Universidad Complutense, solo encontró una asignatura optativa sobre el islam y le pareció que repetía los tópicos de siempre. Desde entonces, él y su equipo trabajan con fuentes primarias árabes, como al-Tabari o Ibn Jaldún, algunas traducidas por colaboradores en la región. Estos son los mitos que repasamos con él y lo que respondió.
Mito 1: «No hay pruebas de que el profeta Muhammad existiera»
Ridwan responde desde el método histórico, que se basa en las fuentes. Pone como ejemplo las cartas que el Profeta envió a los gobernantes de su tiempo. Según explica, algunas versiones se consideran dudosas, pero la que se dirigió al gobernador de Egipto, al-Muqawqis, se ha estudiado y él la considera auténtica por la escritura, la lengua y la época. Además, esas cartas llevaban un sello de plata que hacía las veces de firma.
A eso suma los hadices, la temprana recopilación del Corán y las menciones en fuentes de otros pueblos, como las bizantinas. Cuando varios testimonios independientes coinciden, explica, el historiador puede dar el hecho por establecido. Por eso, dice, los historiadores están convencidos de que existió, aunque la historia no permita demostraciones del tipo «dos más dos son cuatro».
Mito 2: «El islam se extendió por la espada»
Es el mito al que más tiempo dedicamos. Para Ridwan, el error está en coger un momento concreto, como una batalla, y extenderlo a todo el proceso. El primer movimiento de expansión, dice, no fue militar: fue una serie de cartas en las que se invitaba a los gobernantes vecinos al islam. Algunos lo aceptaron sin que hubiera guerra, como el negus de Abisinia, en la actual Etiopía. Según su relato, el choque con Bizancio empezó cuando mataron a un emisario del Profeta, lo que llevó a la batalla de Mu’ta, y el conflicto con Persia surgió en un contexto parecido.
Su argumento más visual es el de los Balcanes. Grecia, Serbia o Bulgaria estuvieron siglos bajo el Imperio otomano y hoy son países de mayoría cristiana. Si la religión se hubiera impuesto por la fuerza, razona, el resultado sería otro. Y advierte de que algunas guerras otomanas en el norte de África, como las de Túnez o Argel, fueron contra la monarquía hispánica por el control del Mediterráneo, no contra la población local.
La clave, según él, fue el estatus de la «gente del libro»: cristianos y judíos podían conservar su religión y su forma de vida a cambio de un impuesto, la yizia, que les daba la protección del gobernante. Por eso la conversión fue lenta y gradual, y en el norte de África tardó siglos. En la península, recuerda, hubo pactos como el de Teodomiro, que gobernaba en el sureste. De la conquista del 711 y de la idea de Reconquista hablamos a fondo en el artículo ¿Existió la Reconquista?
Detrás de muchos de estos mitos, dice, hay un error de método:
«Lo más difícil es intentar ver la historia con los ojos de aquel entonces» (min. 22).
Mito 3: «Las minorías vivían igual de mal en todas partes»
Al comparar el trato a las minorías, Ridwan señala una diferencia que considera de fondo: en el islam, los derechos de la gente del libro estaban fijados en las normas, mientras que en los reinos cristianos dependían más de cada momento. Lo ilustra con el final de al-Ándalus. Los Reyes Católicos prometieron respetar las tierras y los derechos de los granadinos, pero pocos años después llegaron con Cisneros las conversiones forzosas, después la sublevación de las Alpujarras y, finalmente, la expulsión de los moriscos con Felipe III. Puedes recorrer ese escenario en la Granada islámica.
Sobre los judíos, recuerda que en la Europa medieval se les culpaba de las desgracias, con episodios como los pogromos de 1391 en la península o las acusaciones durante la peste negra. Además, varios reinos europeos los habían expulsado antes de 1492. En cambio, en al-Ándalus vivieron una etapa que muchos judíos consideran su edad de oro, la de Maimónides, que pasó por Córdoba, Fez y El Cairo.
Mito 4: «La Edad Media fue una edad oscura»
Ridwan recuerda primero de dónde viene la etiqueta: la inventaron el Renacimiento y la Ilustración, que admiraban la Antigüedad clásica. El Romanticismo, en cambio, idealizó el mundo medieval. Y desde el mundo islámico, esos siglos son justo los de su edad de oro, con Bagdad como gran centro de saber, hospitales y bibliotecas.
Para el contraste cita a Ibrahim ibn Yaqub, viajero judío de al-Ándalus que visitó la corte del emperador Otón I. Según cuenta Ridwan, el viajero se sorprendió de la falta de higiene y de una medicina basada en las sangrías. Del legado intelectual andalusí, de Averroes y de los traductores de Toledo, hablamos en ¿Qué nos dejó al-Ándalus?
Mito 5: «Las cruzadas fueron una gesta heroica»
El problema, para Ridwan, es que se cuentan solo desde Occidente, con los musulmanes como simples figurantes. Su libro de cabecera para cambiar esa mirada es Las cruzadas vistas por los árabes, de Amin Maalouf. Explica que la primera cruzada triunfó porque llegó en un momento de máxima división: tras la muerte del sultán selyúcida Malik Shah, cada gobernador controlaba solo su ciudad. Y describe las tomas de ciudades como masacres sistemáticas, en las que también murieron judíos y cristianos orientales:
«Las cruzadas sí que fueron una de las mayores barbaridades que yo al menos he leído» (min. 73).
Destaca también cómo la segunda cruzada atacó Damasco, que era aliada del reino de Jerusalén, y cómo la reunificación de Siria y Egipto culminó con Saladino. Cuando Jerusalén se rindió, dice, Saladino no la saqueó y dio un plazo para que la población pagara un rescate y saliera con sus bienes. Su fama llegó a ser tal que en Europa circularon leyendas que lo hacían de origen francés o cristiano oculto.
Mito 6: «La religión frenó el progreso: el caso otomano»
Frente a la idea de que Occidente prosperó al dejar atrás la religión, Ridwan recuerda que fue precisamente el islam el que unió a pueblos muy distintos en una red de saber que iba de Samarcanda a Córdoba. ¿Por qué decayó entonces el Imperio otomano? Aquí ofrece una hipótesis propia: mientras los grandes imperios islámicos (otomano, safávida y mogol) tenían fronteras estables, los Estados europeos competían sin descanso, y esa presión les obligó a innovar. Él mismo pone el límite a su tesis:
«Esta es mi visión de lo que realmente pasó, pero, como te digo, no hay nada escrito de por qué avanzó uno y otro no» (min. 83).
Para él, el golpe más duro para el mundo islámico no fue otomano, sino anterior: la destrucción de Bagdad por los mongoles.
Mito 7: «La expansión islámica fue un colonialismo como el europeo»
Ridwan rechaza la comparación. El colonialismo moderno, argumenta, se basaba en extraer recursos hacia la metrópoli, y pone el ejemplo del Congo Belga. La expansión islámica, en cambio, difundía una religión que se ofrecía y no se imponía, como muestra que la conversión del norte de África tardara siglos. Y la riqueza no se concentraba en Arabia: al-Ándalus, en el extremo occidental, llegó a ser una de las economías más prósperas de su tiempo.
Escucha el episodio completo
En la conversación, Ridwan habla también de su imperio favorito, el mameluco, y de la historia de las cruzadas que más le ha conmovido. Puedes escucharla entera en la página del episodio: «Desmontando mitos: historia del islam, al-Ándalus y la Reconquista», con Ridwan de Imperios de Arena.
Si quieres ver con tus propios ojos lo que quedó de esa historia, en nuestras rutas por la España islámica te llevamos a sus escenarios, del Toledo islámico a la Córdoba islámica. Y tienes el resto de conversaciones en el pódcast de La Última Medina.
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