Cuando en el colegio te hablaron de la Edad Media, lo más probable es que saltaras de Aristóteles a Santo Tomás de Aquino y de ahí a Descartes, como si entre medias no hubiera pasado nada. En ese hueco, sin embargo, está buena parte de la historia de al-Ándalus: los traductores, los médicos, los astrónomos y un filósofo cordobés, Averroes, cuyos comentarios se leyeron en las universidades de media Europa.
De ese hueco hablamos en La Última Medina con Andrés Martínez Lorca, filósofo, catedrático emérito de Filosofía de la UNED y académico de número de la Academia Ambrosiana de Milán, que lleva toda una vida dedicado al pensamiento andalusí. Su respuesta a la pregunta de qué nos dejó al-Ándalus no empieza por los monumentos, sino por los libros: por cómo la ciencia y la filosofía griegas llegaron a Europa en árabe.
De Bagdad a Toledo: cómo volvió la ciencia griega
Martínez Lorca sitúa el origen en Oriente. Los sirios estaban helenizados y romanizados, y fueron ellos, en buena parte cristianos, quienes hicieron las primeras traducciones del griego, primero al siríaco y luego al árabe. Con la dinastía abasí llega lo que él considera uno de los grandes acontecimientos de la historia de la ciencia: la recuperación sistemática de la medicina de Hipócrates y Galeno, la astronomía de Ptolomeo, las matemáticas de Euclides y Arquímedes y, sobre todo, la obra de Aristóteles.
Según explica, en el mundo latino esos textos eran prácticamente desconocidos: de Aristóteles solo circulaban dos tratados de lógica hasta fecha muy tardía. Al-Ándalus fue la puerta de entrada. Su élite intelectual se formaba viajando durante años a Cairuán, Fustat, Damasco o Bagdad, y lo que traía de vuelta acabó traduciéndose al latín en la España cristiana, en Toledo y en otras ciudades, para enviarse después a París.
Un detalle que el profesor subraya es el orden de esas traducciones:
«Las primeras traducciones que se hacen del árabe al latín no fueron de filosofía, fueron de astronomía, de matemática, de medicina» (min. 44).
Solo después llegaron los filósofos orientales, como al-Farabi y Avicena, y más tarde Averroes. Junto a ellos viajaron el álgebra y el cero, sifr en árabe. De esa acumulación de saberes dice: «Eso para mí ha sido lo más genial del mundo islámico antiguo» (min. 45).
Averroes, el cordobés que leyó Europa
Para Martínez Lorca no hay dudas sobre el lugar de Averroes (Ibn Rushd): «Averroes es la cumbre del pensamiento de al-Ándalus» (min. 59). Y no solo como filósofo. Fue cadí de Sevilla y después gran cadí de Córdoba, autor de un gran tratado de derecho que compara las distintas escuelas jurídicas, médico de la corte almohade en Marrakech y autor del Libro de las generalidades de la medicina. Fue, además, el gran comentarista de Aristóteles: de la Metafísica, de la Física, de la Ética a Nicómaco o del tratado Sobre el alma, donde se pregunta cómo un ser mortal puede alcanzar conocimientos universales.
El profesor recuerda una paradoja: en el mundo árabe el filósofo por excelencia fue Avicena, y Averroes quedó durante siglos como jurista. Ibn Jaldún ya lo situaba entre los grandes filósofos del islam, pero su recuperación como pensador vino, según Martínez Lorca, de estudiosos europeos del siglo XIX, como Renan, y de algunos autores de Oriente Medio ya en el siglo XX.
Sobre la relación entre fe y razón, resume así la postura de Averroes: la religión está dirigida a todo el pueblo y la filosofía a quien se prepara para ella; el sabio tiene la obligación de razonar sobre los fundamentos de la religión, porque el pueblo no debe verse humillado a creer sin razones. Su vida tampoco fue fácil: el profesor documenta en su libro sobre el filósofo el proceso que sufrió, alimentado por envidias en la élite cordobesa y por la hostilidad de algunos alfaquíes, y cómo el califa almohade acabó llevándoselo a Marrakech y protegiéndolo.
Santo Tomás, París y Padua: la huella en el pensamiento europeo
La tesis que más puede sorprender al lector es la que Martínez Lorca desarrolla en su libro Maestro de Occidente: que los dos grandes teólogos cristianos del siglo XIII, San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, fueron, a su modo, averroístas. Tomás de Aquino, dice, quedó deslumbrado por los comentarios de Averroes; le hizo críticas puntuales, pero su influencia fue profunda. En las aulas medievales, el Filósofo era Aristóteles y el Comentador, Averroes.
En la Facultad de Artes de París se formó incluso un grupo de profesores que se consideraban aristotélicos y averroístas. La respuesta llegó en 1277, con la condena del obispo de París, Étienne Tempier, que prohibió decenas de proposiciones de Aristóteles y Averroes y, según el profesor, también entre diez y quince tesis tomistas. La tradición averroísta pasó después a Padua, y Marsilio de Padua, rector de la Universidad de París e influido por Aristóteles y Averroes, defendió en el Defensor pacis (1324) que el poder político procede de los ciudadanos y no de una autoridad religiosa.
Martínez Lorca añade otro ejemplo: la ética que se considera básica en Occidente se apoyó en el comentario medio de Averroes a la Ética a Nicómaco, que tradujo del árabe al latín en Toledo Hermann el Alemán, después obispo de Astorga, con ayuda de mozárabes.
¿Por qué no lo estudiamos? Un legado que se exportó y no se imprimió
Si todo esto es así, ¿por qué apenas aparece en los libros de texto? El profesor descarta que sea solo cosa del franquismo y apunta a algo más de fondo: el peso de una interpretación de la historia en la que la civilización es una sola y los demás son bárbaros o enemigos.
Lo ilustra con un dato. Las traducciones latinas de Averroes salían de España hacia París, pero aquí, dice, no conoce ninguna edición impresa de sus comentarios. Las primeras se publicaron en Padua hacia 1472-1475, y en el siglo siguiente Venecia lanzó grandes tiradas de las obras de Aristóteles con los comentarios del cordobés Averroes. En la propia Edad Media, en cambio, el historiador Juan Gil de Zamora llegó a presentar a Aristóteles y a Averroes como filósofos españoles. La huella que sí se difundió, reconoce, fue la de Alfonso X y los traductores toledanos, de cuyas fuentes árabes arranca la prosa castellana.
Su consejo para quien quiera entender este pasado es sencillo: depender menos de los medios, ir a las fuentes —textos de historia, de filosofía, de ciencia— y aprender a pensar por uno mismo.
Del libro a la piedra
Martínez Lorca también recuerda que el legado de al-Ándalus se ve en la calle: la alcazaba de Almería, la Alhambra de Granada, los Reales Alcázares de Sevilla o la Aljafería de Zaragoza, que considera de lo más hermoso que hay en España. Y la propia capital donde grabamos el episodio, Madrid, conserva un nombre de origen árabe: Mayrit.
Si quieres recorrer esos lugares sabiendo lo que se pensó en ellos, en nuestras rutas por la España islámica unimos la historia con la visita. Puedes empezar por la Córdoba islámica, la ciudad de Averroes, o por el Toledo islámico de los traductores.
Escucha el episodio completo
En la conversación, Andrés Martínez Lorca cuenta también cómo descubrió el pensamiento andalusí leyendo El collar de la paloma de Ibn Hazm en plena posguerra, y cómo se formó el Estado andalusí desde el emirato hasta el califato. Puedes escucharlo entero en la página del episodio: «La otra España: el legado de al-Ándalus», con Andrés Martínez Lorca.
Y si te interesan estas conversaciones sobre historia, pensamiento e identidad, tienes todos los episodios en el pódcast de La Última Medina.
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